La pandemia de la desinformación

El mundo se ve amenazado por una segunda epidemia quizá más difícil de erradicar que la del coronavirus, la epidemia de la desinformación. El auge de internet ha puesto al alcance de cualquiera la posibilidad de emitir declaraciones sin contrastar sobre cualquier tema, de conseguir que sean accesibles a millones de personas. En consecuencia, incontables bulos y fake news recorren a diario las webs propagándose en todos los idiomas, con un impacto negativo en la sociedad, la política, la economía y la cultura. Porque curiosamente, al margen de verificaciones, lo que difundimos más es lo que prevalece en internet.

En un momento tan difícil como el actual, con el coronavirus proliferando, hemos escuchado mensajes delirantes como que se busca colocar un microchip en las vacunas. Las noticias falsas alimentan agrias polémicas en las redes sociales y han conseguido que algunas personas corran peligro siguiendo informaciones erróneas.

La desinformación se cobra su cuota de vidas humanas con el coronavirus, pero la desinformación es bastante más que un tremendo problema médico.

El affaire de Cambridge Analytica mostró el poder de la desinformación para afectar a la política y a las democracias liberales. Si somos capaces de influir en las personas con información del tipo que cada uno desea escuchar según sus propias inclinaciones, abriremos una vía inmensa para dirigir el sentido del voto en unas elecciones, con el uso malicioso de la web.

Es mucho lo que nos jugamos con la desinformación, que busca dividir a la sociedad y polarizar las opiniones, a fin de crear grupos permanentemente enfrentados, que dificulten el progreso económico y social, que pongan trabas a cualquier iniciativa útil. No en vano, a la desinformación se la llama el discurso del odio por su intención de enfrentar a las personas.

Los bulos y las fake news relevantes están cuidadosamente diseñados. Existen lobbies, financiadores, agencias de comunicación y en ocasiones servicios de inteligencia detrás de ellos. Los mensajes desinformadores son piezas brillantemente diseñadas, dentro de una estrategia a largo plazo. Incorporan unas gotas de verdad a fin de consolidar un mensaje falso que afecte emocionalmente, que se viralice con facilidad, gracias a los miles de usuarios que han sido engañados y que no han confirmado las noticias de fuentes más fiables, antes de compartirlas. De ese modo, los usuarios de a pie tenemos nuestra parte de responsabilidad, cuando no tomamos el tiempo necesario para verificar el mensaje impactante, antes de asumirlo como cierto.

La credibilidad de expertos e instituciones también es cuestionada a través de la desinformación, para que los ciudadanos desconfíen de las declaraciones oficiales y no sepan a qué atenerse. El objetivo es debilitar el pluralismo político y radicalizar las creencias.

La Unión Europea ha tomado nota de lo que ocurre, como demuestra la existencia de ObEDes, el Observatorio Europeo de Análisis y Prevención de la Desinformación, creado para luchar contra la desinformación en Europa.

Recientemente se ha celebrado el forum “ObEDes y parlamento europeo sobre la alfabetización digital y el pensamiento crítico frente a la desinformación. Europa como solución”.

A través de varias mesas redondas online, hemos comprobado que los políticos son conscientes de lo grave que es el tema de la desinformación en múltiples niveles. La Unión Europea está librando su propia batalla y es la máxima responsable en la pretensión de  implicar a las grandes plataformas tecnológicas a través del fact checking, la verificación de la información.

La lucha contra la desinformación será larga y compleja, tal vez interminable. Podremos medir cómo va la pelea según el estado de salud de las democracias. Un termómetro muy, muy peligroso.

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